La IA no va a robar tu trabajo. Va a hacer invisible el de tu jefe
Cuatro años de automatización y la pirámide corporativa sigue intacta. El problema no es la tecnología. Es a quién le conviene que no cambie nada.
Ilustración: El Pantano / Yacaré
En 2022 todos hablábamos de cómo el trabajo iba a cambiar para siempre. Los titulares prometían desempleo masivo, reconversión profesional y una nueva era pos-laboral. Cuatro años después, la mayoría de los trabajadores hace exactamente lo mismo que antes, solo que con más reuniones para discutir si usar o no una herramienta de IA.
El trabajo no cambió. El discurso sobre el trabajo cambió. Y esa diferencia importa.
¿Quién decide qué se automatiza?
Cuando una empresa adopta IA, no automatiza de forma neutra. Automatiza lo que a alguien le conviene automatizar. Y en la estructura corporativa tradicional, esa decisión la toman las personas cuyo trabajo no se va a automatizar.
El analista de datos que produce los informes que nadie lee: candidato a desaparecer. El director que recibe esos informes, los descarta, y toma decisiones basadas en su intuición: intocable. No porque su trabajo sea más valioso. Sino porque él contrata, evalúa, y aprueba los presupuestos.
La IA no tiene agenda política. Pero quienes la implementan sí.
La IA no tiene agenda política. Pero quienes la implementan sí. Y la primera decisión de implementación es, siempre, quién queda afuera del recorte.
El patrón que nadie nombra
Mirá los casos más sonados de adopción de IA en empresas grandes. BT Group anunció que eliminaría 10.000 empleos con ayuda de IA. Goldman Sachs, IBM, Chegg. La lista crece. ¿Qué tienen en común todos estos casos?
Los puestos eliminados son casi siempre de ejecución. Los de decisión, estrategia y representación se mantienen o crecen. Las capas intermedias —las que traducen entre la dirección y la operación— son las primeras en caer.
Lo paradójico es que muchos de esos puestos intermedios existían precisamente para compensar la falta de criterio de la capa superior. Cuando la IA los reemplaza, el problema de fondo no desaparece: ahora simplemente no hay nadie que lo intercepte.
El jefe invisible
Hay algo más sutil que vale la pena nombrar. En muchas organizaciones, la IA está haciendo visible —por primera vez— cuánto trabajo silencioso existía.
El trabajo de coordinación informal. Las conversaciones que destrababan problemas antes de que llegaran al sistema de tickets. Los ajustes que alguien hacía porque conocía el contexto sin que nadie lo pidiera. Ese trabajo no estaba en ningún organigrama. Y cuando la empresa lo elimina junto con el rol que lo ejecutaba, se da cuenta de golpe de que algo dejó de funcionar.
El jefe invisible no es el que manda. Es el que arregla lo que el que manda rompió.
¿Y entonces qué?
No tengo una respuesta prolija. Lo que sí noto es que el debate público está mal planteado. La pregunta no es "¿va a haber trabajo en el futuro?" La pregunta es "¿quién va a capturar el valor que la IA libera?"
Si el modelo actual se mantiene, la respuesta es conocida: los accionistas, los directivos, y los que ya estaban bien. No porque sean malos. Sino porque son los que tienen el poder de decisión sobre cómo se distribuye.
La IA es una palanca enorme. La dirección en la que empuja depende de quién la sostiene.
Valentina Cruz escribe sobre tecnología, trabajo y poder. Colabora con El Pantano desde su fundación.